Machincuepa

Porque no solo las calabazas ruedan…

Comala, el México de siempre

15th November 2006

Texto de Carolina Olmedo
Apuntes para un análisis de la novela Pedro Páramo escrita por Juan Rulfo

Comala, pueblo desértico, abandonado, triste, encerrado en sí mismo. Habitado por muertos vivientes, por fantasmas o almas en pena que pregonan sus dolores en su “tránsito” por la vida. Personajes que van y vienen del pasado al presente en búsqueda constante, que fluyen sin tropiezos de la tumba a las calles de Comala en forma de suspiros, de murmullos, de sombras, de aire ardiente y enrarecido, sin hallar el “perdón”.

Los personajes se nos van presentando uno a uno con sus propias palabras, temores, pasiones, dolores y carencias. Ahí están, frente a nosotros y dentro también, en cada palabra que nos provoca sorpresa por ser exacta. Y reflexión, por ser dicha a medias. Muertos todos desde el principio y humanos como cualquiera.

Ruidos y voces. Prejuicios, valores, lente a través del cual se mira el mundo y que pesa, pesa terriblemente en la conciencia de vivos y muertos, asfixian hasta ahogar y se desbordan sobre una realidad aparentemente ficticia, pero irremediablemente cercana en su develadora humanidad. Las ideas también se desbordan sobre las densas páginas de la novela y se mezclan para formar un Pedro Páramo, padre de todos, poseedor de tierras, mujeres, dinero, poder. Un Pedro Páramo cualquiera en búsqueda de lo inasible e inalcanzable, que vive atropellando y rompiendo todo a su paso en su deseo, jamás satisfecho, por llegar a aquella Susana San Juan que no necesita de nadie para vivir, que con su “locura” rompe estructuras y valores, transgrede el orden sin remordimientos y se nos presenta como un ser autónomo e independiente del mundo externo, pero condenado al naufragio del universo ilimitado, atemporal y caótico de las fantasías inconscientes.

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Comala, es también el símil dantesco del descenso al infierno-inconsciente. En su viaje subterráneo, Rulfo nos lleva desde la voz de Juan Preciado, en un presente narrado desde la única posibilidad de la individualidad: el Yo consciente. Así, sus motivos, expectativas y esperanzas, son dictadas desde la cordura de un hijo dolido por la muerte reciente de su madre, que va en búsqueda de esa parte de él mismo, ausente desde siempre, pero presente en el rencor y resentimiento materno: Pedro Páramo, su padre.

Poco a poco, Juan Preciado desciende por los cerros que rodean Comala y se encuentra de frente con las voces y los murmullos. Comala parace ser el centro de la tierra, y también, un recorrido sinuoso por la psiquis colectiva, sintetizada en la confusión de Juan Preciado ante aquellas imágenes desconcertantes. Las voces y los tiempos se van incorporando, descendemos a ese espacio atemporal y padecemos la misma confusión de Juan Preciado. ¿Existen realmente los habitantes de Comala? ¿Desde donde surge el eco de esas voces? ¿Qué es Comala, un pueblo o un cementerio? Es el silencio impuesto desde las calles deshabitadas lo que posibilita la nitidez de todos esos murmullos internos: “Y aquí, donde el aire era escaso, se oían mejor. Se quedaban dentro de uno, pesadas. Me acordé de lo que me había dicho mi madre: Allá me oirás mejor. estaré más cerca de ti. Encontrarás más cerca la voz de mis recuerdos que la de mi muerte.”

Rulfo se alía a los lectores, y es entonces cuando nos convertimos en un canal abierto a través del cual fluyen todos esos tiempos, murmullos, voces y silencios; los reconocemos desde dentro, porque en la secuencia sincrónica de los sucesos, nos ha hecho renunciar a la linealidad causal para incorporarnos en nuestra propia lógica inconsciente, donde un suceso se liga a un recuerdo, a una imagen o a una angustia; bajo la condición exclusiva de la conexión afectiva. Pedro Páramo habla desde la profundidad de nosotros mismos, quizá por eso seguimos sin oponernos, el despliegue de voces internas que rememoran aquellas primigenias e imborrables imagenes superyoicas.

Es el sueño de Juan Preciado el vehículo que nos lleva hasta los pensamientos más intimos de Pedro Páramo, su voz no tiene autonomía y sólo accedemos a su historia a través del inconsciente de su hijo. “El hijo es el padre” nos dice la filosofía oriental, en esa antigua sabiduría que posibilita la integración de la realidad contradictoria, sin duda más cercana a la naturaleza pulsional del inconsciente.

Para Juan Rulfo el sueño y la muerte se hermanan en su distancia de la realidad consciente. La muerte, como punto final de la energía destructiva; el sueño, como la expresión inconsciente de la satisfacción de deseos. Ambas sujetas a las pulsiones, parecen mostrarnos su dinámica y construcción simbólica, hallamos en la peculiaridad del manejo de los tiempos, diálogos e imágenes de la novela, una obra literaria escrita desde la consciencia bajo las reglas del juego del inconsciente.

Los personajes, muertos todos pero no por eso inexistentes, pregonan por las calles de Comala el triunfo de la energía destructiva. Ajenos a la corporeidad vital, al soma que unifica e in-corpora los elementos dispersos bajo las fronteras de la piel, se convierten en murmullos que no pueden dejar el mundo terreno sin poseer el perdón, su inmortalidad es entonces el retorno compulsivo que repite una y otra vez el conflicto esencial de la vida, en una búsqueda infructuosa de su resolución.

Comala, pueblo sin ubicación espacial precisa, plantado en el tiempo de México: la revolución. En ese antes que siempre es presente en sus mitos, costumbres, tradiciones, valores. Rulfo reúne en una sola novela los diversos arquetipos de nuestro ser mexicano, en una realidad simbólica que sintetiza las características de nuestra sociedad.

En Pedro Páramo esta expuesto todo lo que nos constituye como unidad cultural, lo que nos diferencia y homogeiniza en nuestra identidad. Los tiempos, claramente empalmados en una atemporalidad inconsciente de carácter colectivo, rememoran el resentimiento de una conquista perpetrada a costa de la denigración del hombre mesoamericano; la ambiguedad de tres siglos de coloniaje cimentados sobre el acallamiento de un pueblo perdido en el sin sentido; el dolor del desangramiento de una guerra de independencia, montada sobre los hombros del criollo que busca desesperadamente ganarse el nombre de “hombre americano”; la ceguera de un movimiento de reforma que busca ser a costa de olvidarse de la sociedad.

Pedro Páramo, realidad porfirista que reniega de la irrupción revolucionaria, nos muestra lo que intuíamos detrás de los grandes textos interpretativos, que la revolución no fue un periodo de crisis transitoria, sino que se convirtió para los hombres que lucharon en ella, en forma de vida. No había nada más que la guerra y el juego de pulsiones inconscientes que la sustentaban. Los hombres de la revolución vivían de la guerra, para la guerra y por la guerra; no existía más sentido que el acto de ser parte de “la bola”, de la masa insurrecta volcada en su propia energía para el beneficio directo de su supervivencia. Las banderas y posiciones revolucionarias importaban a quienes miraban desde fuera, en el centro del huracán la muerte no tiene apellido, se mata para no ser cadáver, se roba antes de ser despojado, se inicia y reinicia el ritual del sacrificio porque algo no termina de resignarse al abandono primigenio que significó la conquista, porque quizá el reclamo miles de veces repetido durante los siglos de nuestra historia yuxtapuesta, más que sincrética, diera origen al nacimiento del sol perdido.

Juan Rulfo nos habla de una guerra hecha por los hombres, ajena a los fines redentores y a los ideales más allá de nuestro mundanidad, nos habla de una transición dolorosa que nunca ha terminado de resolverse en cualquiera de los dos sentidos que planteaba la disyuntiva revolucinaria: fidelidada al proyecto criollo o fidelidad al proyecto indígena y mestizo. En su lugar tenemos una combinación de ambos proyectos, en una conviencia no del todo ni siempre pacífica. Especificidad cultural cimentada durante siglos de desarrollo histórico, formamos parte de un sistema de valores elaborado a partir de los rasgos religiosos de la cultura española, que coincidieron con los de las culturas mesoamericanas. Hay en Pedro Páramo esa mezcla de catolicismo y paganismo en la que nos desenvolvemos tan cómodamente, sin profundas crisis de conciencia, para nosotros es simplemente nuestra religión: el catolicismo pagano.

Rulfo nos adentra en el pensamiento mágico, sustento de rituales y creencias que da cobijo a la impredecibilidad y dota de sentido y coherencia el hacer del hombre en el mundo. Confirmación de temores, recompensa y castigo más allá de la voluntad humana, la naturaleza divinizada es entonces la pauta de la verdad, es ella quien valora los actos y emite su juicio como desastre o bonanza natural.

Como parte de esas misma lógica tenemos al hombre común divinizado: Pedro Páramo, quien al cruzarse de brazos acaba con Comala, el resto de los hombres parecieran no existir, basta la voluntad del Tlatoani-líder-cacique-gobernante-padre, para que todos los demás sucumban con él.

Aterrados ante el abandono, los habitantes de Comala morirán siendo víctimas de la condena de Pedro Páramo, quien los sepulta en la inexistencia al renunciar a seguir siendo el dador del sentido, el dictador de la dinámica social, el hombre divinizado, padre de todos los hombres y voluntad suprema. Pedro Páramo, dios caído como todos nuestros grandes mitos-héroes, es también una metáfora del Rey Layo muerto a manos de Edipo, quien asesina a su padre después de haber sido víctima del abandono y el olvido.

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